Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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venerables sabios decretaron que, como la etiqueta de la corte podía impedir a las madres de las damas de palacio complacer plenamente su deseo de estar junto a sus hijas durante las visitas, se les concedería un favor aún más grande. Entonces se promulgó un edicto especial por el que, además del favor de la visita en ciertos días del mes, todas aquellas damas de la corte cuyas casas tuvieran instalaciones adecuadas para recibir un séquito imperial podrían solicitar un carruaje de palacio para poder visitar a sus familiares. Así podrían mostrar su afecto y disfrutar de la reunión con los suyos. El decreto se agradeció con brincos de júbilo. El padre de la dama de honor imperial Zhou ya ha comenzado la construcción de un patio separado para cuando ella lo visite; y Wu Tianyou, el padre de la concubina imperial Wu, está buscando un lugar en las afueras de la ciudad. ¿No son señales de que la cosa es bastante segura?

      —¡Buda Amida! ¡Conque se trata de eso! —exclamó el ama Zhao—. Me imagino que nuestra familia también se estará preparando para una visita de la mayor de nuestras damitas.

      —Por supuesto —dijo Jia Lian—, ¿a qué si no podría obedecer tanto ajetreo?

      —Pues si eso es así —exclamó Xifeng jubilosa—, tendré oportunidad de ver algunas cosas notables. A menudo he deseado haber nacido veinte o treinta años antes para no sufrir el menosprecio de los ancianos por haber visto tan poco mundo. Sus descripciones de cómo nuestro primer emperador recorría el país igual que el antiguo sabio rey Shun [5] son mejores que cualquier relato de historia; pero, ay, yo nací demasiado tarde y me perdí el espectáculo.

      —Tales cosas sólo ocurren una vez cada mil años —declaró el ama Zhao—. Yo apenas tenía edad suficiente para recordarlo, pero en esos días nuestra familia se encargaba de supervisar la fabricación de barcos y la reparación de los diques de Suzhou y Yangzhou. Para preparar esa visita imperial nos gastamos muchísimo dinero, un mar de dinero…

      —Igual que nosotros, los Wang —intervino Xifeng—. En aquel tiempo mi abuelo era el encargado de los tributos del extranjero, y era nuestra familia la que atendía a los enviados de fuera que llegaban a rendir homenaje. Todos los bienes que llegaban en barcos extranjeros a Guangdong, Fujian, Yunnan y Zhejiang pasaban por nuestras manos.

      —Eso se sabe —dijo el ama Zhao—. Todavía se oyen por ahí versitos:

      Si el rey Dragón del Mar Este

      desea un lecho de jade

      debe pedirlo a los Wang,

      y todo el mundo lo sabe.

      »Sí, señora, ésa es su familia. ¿Y qué me dice de los Zhen del sur del Yangzi? ¡Lo ricos y grandes que eran! Sólo esa familia atendió al emperador cuatro veces. Nadie que no lo haya visto con sus propios ojos podría creerlo: trataban la plata como chatarra, los objetos preciosos se apilaban en montones y nadie se preocupaba de examinar lo que contenían los desperdicios.

      —Eso me contaban mis abuelos y mis tíos abuelos; y yo los creía, por supuesto. Lo sorprendente es que una sola familia pudiese tener tanta riqueza acumulada.

      —La verdad, señora, es que en atender al emperador sólo gastaban el dinero del emperador. ¿Cómo iba a ser de otra manera? ¿Quién podría gastar tanto dinero en un vano espectáculo?

      En ese momento llegaron de parte de la dama Wang a preguntar si Xifeng ya había terminado de cenar; ante el requerimiento, ella devoró rápidamente medio tazón de arroz y se enjuagó la boca. Se disponía a salir cuando un grupo de pajes de los de la puerta interior anunció la llegada de Jia Rong y de Jia Qiang; entonces Jia Lian, a su vez, se enjuagó la boca y se remojó las manos en una palangana que le alcanzó Pinger. Al entrar los jóvenes les preguntó qué deseaban, y Xifeng se quedó a oír la respuesta de Jia Rong.

      —Tío, mi padre me envía a decirle que los ancianos señores se han puesto de acuerdo y tomado una decisión. Hemos medido la distancia entre la pared este de una mansión y la noroeste de la otra a través del jardín, y hay tres li y medio, suficiente para construir un patio separado en el que levantar una residencia independiente para la visita imperial. Se ha encargado un plano que estará listo mañana. Pero como debe estar cansado de su viaje, no se moleste en venir. Cualquier propuesta que tenga la podrá hacer mañana a primera hora.

      —Agradécele a tu padre su consideración —respondió Jia Lian—. Haré lo que me pide y no iré ahora a su encuentro. Dile que el suyo me parece el mejor proyecto de los posibles y el más fácil de realizar. Cualquier otra solución significaría mayor trabajo con peores resultados. Dile también que si los ancianos señores tienen alguna duda sobre el particular, espero que los convenza para que desistan de cambiar el plan ya trazado. Mañana cuando vaya a presentar mis respetos podremos discutirlo todo detalladamente.

      Jia Rong accedió a transmitir el mensaje a su padre, y le tocó el turno a Jia Qiang.

      —Mi tío me ha ordenado ir a Suzhou con los dos hijos de Lai Da y los secretarios Shan Pinren y Bu Guxiu, con el encargo de contratar maestros de música y teatro y comprar jóvenes actrices, trajes e instrumentos musicales. Me pidió que le informara.

      Jia Lian miró al joven con cierta extrañeza y le preguntó:

      —¿Estás seguro de que podrás cumplir el encargo? Tal vez no sea una tarea muy complicada, pero requerirá el manejo de numerosas habilidades.

      —Tendré que aprenderlas —respondió alegremente Jia Qiang.

      Desde la penumbra en la que se encontraba, Jia Rong le dio un discreto tirón al vestido de Xifeng; ésta captó la sugerencia y dijo a su esposo:

      —No te preocupes. Tu primo sabe bien a quién debe enviar. ¿Por qué temes que Qiang no esté a la altura del encargo? ¿Acaso todos nacen capaces? El muchacho ha crecido, y aunque no haya probado su carne ya ha tenido ocasión de ver algún cerdo corriendo, como dice el proverbio. El primo Zhen lo envía como supervisor, no para que regatee y lleve la contabilidad. Me parece una excelente elección.

      —No es eso lo que quería decir —protestó Jia Lian—. Sólo quería ofrecer un consejo.

      Preguntó a Jia Qiang:

      —¿De dónde sale el dinero para todo esto?

      —Precisamente veníamos discutiéndolo. El viejo Lai no ve la necesidad de llevar dinero, puesto que los Zhen del sur del río Yangzi nos tienen preparados cincuenta mil taeles. Mañana puede hacerse un recibo que llevaríamos con nosotros, de manera que retiraríamos treinta mil taeles y dejaríamos veinte mil para comprar faroles ornamentales, velas, banderolas, cortinas de bambú y colgaduras de todo tipo.

      Jia Lian estuvo de acuerdo.

      —Pues bien —intervino Xifeng—, si ya está arreglado, tengo dos hombres que les pueden servir de ayuda.

      —¡Qué casualidad! —dijo Qiang forzando una sonrisa—. Precisamente íbamos a pedirle que nos recomendase a dos personas que nos acompañaran, tía. ¿Quiénes son?

      Xifeng le preguntó sus nombres al ama Zhao, que había estado escuchando como en un sueño y no se había dado por aludida. Cuando Pinger le dio un ligero codazo despertó y contestó atropelladamente:

      —Zhao Tianliang y Zhao Tiandong.

      —Toma nota —advirtió Xifeng a Jia Qiang—. Ahora debo volver a mis tareas.

      Dicho lo cual se marchó.

      Jia Rong la siguió y le dijo al oído:

      —Si necesita que le traigamos cualquier cosa, tía, hágame una lista y le diré a Qiang que se ocupe de ello.

      —¡No digas sandeces! —le contestó Xifeng—. ¿Pretendes pagarme con mercancías un gesto de atención? Tengo ya tantas cosas que no sé dónde ponerlas. Debes saber que me desagrada tu manera taimada de manejar los asuntos.

      Mientras tanto, Jia Qiang le estaba diciendo a Jia Lian:

      —Si necesita cualquier